Por: MCS Fecha: 14 junio, 2018 Categoría: Ideas Recursos Humanos Comentarios: 0

La palabra lealtad ha comenzado a sonar con fuerza en estos días. El problema que ha ocurrido en la Selección Española de Fútbol, la ha puesto de moda. Un entrenador que está a punto de afrontar un campeonato mundial ficha por un club importantísimo para después de finalizar este campeonato. Por tanto, cuando acabe ese reto, a pesar de seguir teniendo contrato, no seguirá.

El fichaje se anuncia cuarenta y ocho horas antes de empezar el campeonato. El entrenador ya tiene todo preparado. Lo que queda es competir bajo los criterios estratégicos trabajados hasta ese día y los que se añadan durante la competición.

Y el CEO de la Selección Española de Fútbol, se enfada. Se enfada, porque va a perder a un activo importantísimo. Va a perder al entrenador porque ya no estará concentrado en su tarea mundialista.

Hasta aquí un breve resumen de la situación vivida estos días. Pero hay que ser realistas: una empresa que quiere a un directivo de otra empresa, lo puede contratar cuando quiera, si puede. Aunque ese directivo tenga entre manos un trabajo fundamental para la empresa no contratante. Si las condiciones son mejores, puede decidir que acepta el fichaje. Eso sí, una vez terminado el trabajo iniciado.

Ahí está la lealtad y la ética. Terminar el trabajo importante que se está realizando por ética profesional y por la lealtad a la empresa que le ha contratado para ello. Pero una vez finalizado, se termina. No hay una obligación de seguir vinculado sí o sí. Porque si ocurre esto último, si nos vemos obligados a mantenernos vinculados, la cosa cambia.

Ya no se está trabajando por lealtad y ética, sino por obligación y moralidad. Y entonces, ya no se funciona igual de bien. Las personas bajan su rendimiento porque no están donde quieren estar, sino donde deben de estar. Los deberes y obligaciones son necesarios, pero siempre en equilibrio con los derechos y los retos.

Los profesionales tienen el deber de cumplir con un contrato de trabajo y sus condiciones, cuando este se ha firmado. Y tienen la obligación de hacerlo con ética y lealtad profesional. Pero también la empresa o el club tiene el derecho de presentar un contrato que sea justo en sus condiciones y que los retos profesionales que lo motivan sean, por lo menos, reales.

Y si no es así, y alguna de las partes no cumple con su compromiso se termina lo más éticamente posible el trabajo y se pone fin a la relación profesional. Aquí la lealtad ya no tiene cabida, porque una de las partes no ha cumplido. Pero qué pasa cuando ambas partes cumplen. Aquí viene la cuestión.

Cuando ambas partes cumplen y una de ellas decide cambiar de rumbo profesional, se va con lealtad (terminando su trabajo con la máxima intensidad) y ética (preparando el terreno para el cambio). Lo que no se puede hacer es dejar de creer en la parte que decide desvincularse, sin darle la oportunidad de dejar las cosas “bien hechas”.

Cuando hay equilibrio en el compromiso que adoptaron ambas partes, es muy complicado que un profesional se vaya sin dejar todo bien atado. Porque es un profesional, no uno más. Un profesional que ha demostrado en su trabajo que se podía confiar en él. No va a ser distinto ahora que decide marchar por una cuestión de mejora y no por faltar al compromiso adquirido entre las partes.

Y esto, va a estar a la orden del día. En un entorno VUCA (Volatility, Uncertainty, Complexity y Ambiguity), la lealtad y la ética son también VUCA, estando sometidas al atractivo de los retos y condiciones de los proyectos. Y no por materialismo, sino porque el mercado ya no pide lealtad a las empresas o a los escudos, sino lealtad a los retos y ética en la capacidad de adaptación para conseguirlos.

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