Por: Javier de Miguel Muñoz Fecha: 10 agosto, 2018 Categoría: Ideas Recursos Humanos Comentarios: 0

Hay una diferencia muy importante entre un reto y un objetivo. Los objetivos se definen para alcanzarlos. Los retos se definen para superarlos. Y funciona así, para cualquier ámbito de nuestra vida, ya sea personal o profesional.

Cuando nos proponemos objetivos, orientamos nuestras habilidades y nuestros esfuerzos a conseguirlos. Buscamos todas las soluciones posibles para cumplir con ellos. Nos ponemos “manos a la obra” para alcanzarlos. Nos comprometemos con ellos. Y el compromiso no viene solo. Esta acompañado de esfuerzo y motivación por querer cumplir con nuestros objetivos. Pero también de inseguridad cuando, por cualquier motivo, comenzamos a ver que puede que tengamos problemas para cumplir con esos objetivos que nos hemos marcado.

Todo no siempre sale como esperamos.

Si todo marcha en la línea de lo que esperamos, el esfuerzo que nace de ese compromiso sigue su camino y vamos cumpliendo las etapas que son necesarias hasta alcanzar los objetivos. Pero si no es así, comenzamos a debilitarnos y dejamos de creer en el esfuerzo que estamos poniendo para alcanzar nuestros objetivos.

Comenzamos a pensar que hay algo que no está en nuestra forma de actuar y que nos impide avanzar en la línea que queríamos. En la mayoría de las ocasiones, como dicen los deportistas profesionales, echamos “balones fuera” culpando al manido entorno y utilizamos la excusa de la suerte, para justificar que no vamos avanzando en nuestro compromiso.

De esta forma, y al menos inicialmente, protegemos nuestras habilidades y nuestras decisiones, que son la base del esfuerzo que estamos realizando para alcanzar nuestros objetivos. Es un mecanismo de defensa muy importante porque nos permite seguir insistiendo, gracias a la confianza de que estamos haciendo “lo que podemos”. Pero, es un mecanismo de defensa peligroso porque no nos permite mirar con otras perspectivas la situación y hace que nos mantengamos en el camino de seguir insistiendo, demasiado tiempo. Y cuando los resultados no llegan, aparece la inseguridad.

Con la inseguridad podemos entrar en un círculo vicioso de justificaciones de por qué no estamos cumpliendo con nuestro compromiso. Ya no “echamos balones fuera”. Ya es que no tenemos balones para echar fuera, porque directamente pensamos que la responsabilidad de lo que pasa está fuera de nosotros. De esta forma, protegemos nuestra autoestima y, sin darnos cuenta, evitamos ver que estamos continuamente “dando argumentos” poco productivos, que solo van a seguir incrementando nuestra inseguridad hasta el punto de que perdamos de vista nuestros objetivos.

Con los retos es diferente.

Con los retos no ocurre igual. Los retos no encierran un compromiso como el de los objetivos. Encierran un desafío. Un desafío que nos provoca, orientando nuestras habilidades y nuestro esfuerzo, pero hacia la superación no hacia la consecución.

La superación deja una potente marca en nuestro cerebro. Es una marca con mucha huella, con mucha carga motivacional. Las ganas, la disposición, la concentración, las acciones… todas están más llenas de energía, que cuando vienen del compromiso. Pero, y aquí está la gran diferencia, no están acompañados de esfuerzo e inseguridad, están acompañados de actitud y de autocrítica.

Y es que los retos requieren de nosotros una revisión constante de lo que estamos haciendo, de las decisiones que estamos tomando, así como de las necesidades y prioridades que tenemos que atender, si queremos llegar a superarlos. Adaptación, flexibilidad, toma de decisiones, resiliencia, autoconfianza… esas son las habilidades que están presentes en el camino hacia un reto. Habilidades que nos exigen inventarnos, reinventarnos, aguantar, da un paso atrás para luego dar un paso adelante, limitarnos para luego ilimitarnos, movernos en varias direcciones para luego elegir la más adecuada, dar un paso pequeño pero que suma para el recorrido final, criticarnos para reordenarnos y seguir avanzando…

Utilizando nuevamente el símil deportivo, no hay “balones” fuera. Todos los balones están dentro y son de nuestra responsabilidad. Los pases los fallamos nosotros y lo que tenemos que hacer es entrenar para hacerlo mejor en el siguiente pase. Desde luego, que puede que el partido en el que estemos compitiendo no sea el más adecuado para nuestras habilidades, pero hay que pelearlo y ver los resultados, mejorar en lo que nos toca y volver a pelearlo. Incluso, perderlo nos viene bien para valorar mejor lo que hacemos bien y lo que hacemos mal. Pero más importante que perderlo o ganarlo, es la capacidad de evaluarnos, adaptarnos, prepararnos y volver a competirlo, independientemente del resultado.

En las situaciones profesionales y personales, también funcionan así los retos. Nos mantienen constantemente en el camino, porque nos obligan a medir nuestra responsabilidad en lo que hacemos bien y mal. Y esto evita la inseguridad, básicamente, porque no tenemos tiempo para ella, ya que tenemos que volver a coger “el toro por los cuernos” para seguir avanzando en nuestro camino de superación.

¿Cómo podemos pasar de objetivos a retos?

Pero ¿cómo pasamos de objetivos a retos? Quizás podamos utilizar dos comportamientos muy habituales en el mundo de la alta competición y de los que los profesionales del deporte, muchas veces, ni son conscientes: superar y responder.

En el deporte profesional, nunca se plantea lo que se quiere conseguir, sino lo que se quiere superar. Conseguir algo, implica llegar a un nivel determinado. Superar algo, implica seguir creciendo, puesto que cuando dejas de crecer, dejas de competir.

De la misma manera, responder a las necesidades de cada momento implica no reaccionar. Reaccionar conlleva que ya llegamos tarde, que estamos buscando soluciones para algo que ya ha pasado. Responder, sin embargo, supone que ya tenemos previamente visto algo de lo que puede suceder y tenemos preparadas algunas decisiones para avanzar sobre ello.

Quizás, puede que los objetivos sean una herramienta antigua para unos nuevos tiempos que requieren más “saber seguir “que “saber llegar”.

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